
La esquina de Zelaya y Anchorena, en el tradicional barrio Abasto, no lucía como todos los días. Ese día tenía vida. Estaba llena de dibujos pegados en las paredes, muchos vecinos ya estaban sentados en las primeras filas de sillas para tener la mejor ubicación, la música sonaba en el ambiente y envolvía los demás ruidos, un pasacalle con la leyenda: “Bienvenidos” colgaba de vereda a vereda. Finalmente, el día había llegado. Estaba todo listo para vivir una tarde inolvidable en el 5ta edición del tradicional festival de la quema del muñeco que organiza la juegoteca del Abasto.
En el medio de la calle se imponía un muñeco multicolor de dos metros de altura. Tenía alas de dragón, nariz de payaso y su rostro simulaba ser un robot. Era creación de los chicos de la juegoteca, con la que buscaban simbolizar todas aquellas cosas malas del barrio que querían cambiar. Algunos escritos plasmados en el cuerpo del muñeco así lo reflejaban: “Queremos que en el barrio todos nos respetemos”. “No quiero que cuando voy por la calle me miren por ser distinto”. Estos era sólo uno de los tantos deseos que pedían y que pronto iban a hacer quemados, transformado en ceniza.
A pesar del frío y el cielo gris, los chicos de las distintas instituciones que integran el barrio comenzaron a llegar en grupos y rápidamente comenzó a poblarse la calle. Se abrazaban, entonaban cánticos y aplaudían, mientras miraban de lejos el colorido muñeco. Cerca de las tres de la tarde, Zelaya y Anchorena rebalsaba de chicos, padres, abuelos y algunos vecinos del barrio. En total eran unos cien. Todos estaban reunidos porque la fiesta estaba por comenzar.
Minutos después el sonido de tambores y timbales comenzó a oírse. De pronto, la murga de la juegoteca apareció en escena. Una voz por megáfonos los presentó: “Con ustedes los Pumancheros del Abasto”. Los veinte chicos- entre 2 y 12 años- que conformaban la murga bailaron, hicieron piruetas y arrojaron papelitos de colores al aire. El show, que duró unos 10 minutos, fue aplaudido por los padres, quienes no escondían sus sonrisas de orgullo por la demostración que acababan de ver. Al retirarse la murga, Gonzalo Vidal- responsable de la juegoteca y organizador del festival- gritó: “Bienvenidos. Queremos que esta tarde toda la gente participe. La quema del muñeco 2008 ya empezó, a disfrutar”.
Y así fue. Grandes y chicos empezaron a jugar. La recreación estuvo a cargo de “Cu.ju.ca” (Cumbre de juegos callejeros), una organización que surgió hace dos años en el Abasto y que hoy se expandió a otros barrios de la ciudad. “Es una intervención recreativa comunitaria, una feria de juegos vivientes. Se busca recuperar la calle y que los chicos vuelvan a jugar con aquellos juegos más tradicionales: carreras de embolsados, rayuela, saltar la soja”, explicó Nahuel Zacarías integrante del equipo.
Mientras los chicos más grandes jugaban a la mancha, los más chiquitos pintaban con tizas de colores en el asfalto. Los papas no salían de su asombros, miraban expectantes cómo sus hijos disfrutaban de la tarde. Patricia Mochiot estaba parada detrás de una columna de alumbrado público observando todo lo que su hijo Braian -de ocho años -hacía. “Yo vengo del Once. Traje a mi hijo al festival porque lo encontré una actividad sana y diferente. Además, es importante que los chicos se integren”, manifestó la mamá.
La familia Ford llegó desde Palermo con sus dos hijos de 6 y 3 años para participar de la quema del muñeco por recomendación de unos amigos. “Este festival debería de organizarse en todos los barrios. La calle tiene que volver a hacer nuestra. Es una buena oportunidad para pasar una tarde en familia y jugar a cosas que ya nos habíamos olvidado cómo eran”, relató José Miguel Ford.
Ariel, Magalí, Lautaro y Lucila, todos de 12 años, viajaron desde Villa Crespo hasta el Abasto para participar del festival. Ellos integran una institución laica llamada “Kinder” que se juntan todos los sábados a compartir un momento de recreación. Ese sábado la cita había sido en Zelaya y Anchorena, donde también ellos presentaron juegos para compartir con los demás chicos. “Está bueno venir porque conoces gente nueva. Yo el año pasado vine y me encantó por eso invité a mis amigos a venir hoy”, comentó Magalí Molina.
Por su parte, un grupo de madres amasaba torta frita, en un tablón, para compartir luego de la quema del muñeco con un chocolate caliente que se estaba cocinando a fuego lento. Mientras tanto, los hombres preparaban la fogata para dar comienzo al tradicional ritual.
Cuando el sol comenzó a caer, los chicos se fueron acercando al muñeco y cada uno en pequeños papelitos comenzó a escribir un deseo. La consigna que rezaba era clara: “Escriba el moustro que desea quemar. Luego tírelo en la panza del muñeco, que el fuego hará lo suyo…”. Nicole de 5 años con la ayuda de su mamá escribió: “No quiero ser mala” y con fuerza hizo un bollito de papel y lo arrojó al muñeco.
Una vez que todos terminaron de escribir, se sentaron formando una gran ronda que ocupaba casi toda la calle. Con música de fondo, aplausos y mucha emoción cinco chicos se acercaron con antorchas hasta el muñeco y a la cuenta de tres empezó a arder.
Las luces del día ya eran débiles, pero los rayos que irradiaba fuego iluminaron el atardecer. La nueva edición del festival había llegado a su fin. Sólo restaba esperar que los deseos quemados se hagan en realidad.
En el medio de la calle se imponía un muñeco multicolor de dos metros de altura. Tenía alas de dragón, nariz de payaso y su rostro simulaba ser un robot. Era creación de los chicos de la juegoteca, con la que buscaban simbolizar todas aquellas cosas malas del barrio que querían cambiar. Algunos escritos plasmados en el cuerpo del muñeco así lo reflejaban: “Queremos que en el barrio todos nos respetemos”. “No quiero que cuando voy por la calle me miren por ser distinto”. Estos era sólo uno de los tantos deseos que pedían y que pronto iban a hacer quemados, transformado en ceniza.
A pesar del frío y el cielo gris, los chicos de las distintas instituciones que integran el barrio comenzaron a llegar en grupos y rápidamente comenzó a poblarse la calle. Se abrazaban, entonaban cánticos y aplaudían, mientras miraban de lejos el colorido muñeco. Cerca de las tres de la tarde, Zelaya y Anchorena rebalsaba de chicos, padres, abuelos y algunos vecinos del barrio. En total eran unos cien. Todos estaban reunidos porque la fiesta estaba por comenzar.
Minutos después el sonido de tambores y timbales comenzó a oírse. De pronto, la murga de la juegoteca apareció en escena. Una voz por megáfonos los presentó: “Con ustedes los Pumancheros del Abasto”. Los veinte chicos- entre 2 y 12 años- que conformaban la murga bailaron, hicieron piruetas y arrojaron papelitos de colores al aire. El show, que duró unos 10 minutos, fue aplaudido por los padres, quienes no escondían sus sonrisas de orgullo por la demostración que acababan de ver. Al retirarse la murga, Gonzalo Vidal- responsable de la juegoteca y organizador del festival- gritó: “Bienvenidos. Queremos que esta tarde toda la gente participe. La quema del muñeco 2008 ya empezó, a disfrutar”.
Y así fue. Grandes y chicos empezaron a jugar. La recreación estuvo a cargo de “Cu.ju.ca” (Cumbre de juegos callejeros), una organización que surgió hace dos años en el Abasto y que hoy se expandió a otros barrios de la ciudad. “Es una intervención recreativa comunitaria, una feria de juegos vivientes. Se busca recuperar la calle y que los chicos vuelvan a jugar con aquellos juegos más tradicionales: carreras de embolsados, rayuela, saltar la soja”, explicó Nahuel Zacarías integrante del equipo.
Mientras los chicos más grandes jugaban a la mancha, los más chiquitos pintaban con tizas de colores en el asfalto. Los papas no salían de su asombros, miraban expectantes cómo sus hijos disfrutaban de la tarde. Patricia Mochiot estaba parada detrás de una columna de alumbrado público observando todo lo que su hijo Braian -de ocho años -hacía. “Yo vengo del Once. Traje a mi hijo al festival porque lo encontré una actividad sana y diferente. Además, es importante que los chicos se integren”, manifestó la mamá.
La familia Ford llegó desde Palermo con sus dos hijos de 6 y 3 años para participar de la quema del muñeco por recomendación de unos amigos. “Este festival debería de organizarse en todos los barrios. La calle tiene que volver a hacer nuestra. Es una buena oportunidad para pasar una tarde en familia y jugar a cosas que ya nos habíamos olvidado cómo eran”, relató José Miguel Ford.
Ariel, Magalí, Lautaro y Lucila, todos de 12 años, viajaron desde Villa Crespo hasta el Abasto para participar del festival. Ellos integran una institución laica llamada “Kinder” que se juntan todos los sábados a compartir un momento de recreación. Ese sábado la cita había sido en Zelaya y Anchorena, donde también ellos presentaron juegos para compartir con los demás chicos. “Está bueno venir porque conoces gente nueva. Yo el año pasado vine y me encantó por eso invité a mis amigos a venir hoy”, comentó Magalí Molina.
Por su parte, un grupo de madres amasaba torta frita, en un tablón, para compartir luego de la quema del muñeco con un chocolate caliente que se estaba cocinando a fuego lento. Mientras tanto, los hombres preparaban la fogata para dar comienzo al tradicional ritual.
Cuando el sol comenzó a caer, los chicos se fueron acercando al muñeco y cada uno en pequeños papelitos comenzó a escribir un deseo. La consigna que rezaba era clara: “Escriba el moustro que desea quemar. Luego tírelo en la panza del muñeco, que el fuego hará lo suyo…”. Nicole de 5 años con la ayuda de su mamá escribió: “No quiero ser mala” y con fuerza hizo un bollito de papel y lo arrojó al muñeco.
Una vez que todos terminaron de escribir, se sentaron formando una gran ronda que ocupaba casi toda la calle. Con música de fondo, aplausos y mucha emoción cinco chicos se acercaron con antorchas hasta el muñeco y a la cuenta de tres empezó a arder.
Las luces del día ya eran débiles, pero los rayos que irradiaba fuego iluminaron el atardecer. La nueva edición del festival había llegado a su fin. Sólo restaba esperar que los deseos quemados se hagan en realidad.
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